Sorrentino alcanza su versión más introspectiva con un presidente atravesado por la culpa y el paso del tiempo
El director italiano vuelve a trabajar con Toni Servillo en un drama político y existencial que combina sobriedad narrativa con toques de surrealismo.

En su nueva película La grazia, Paolo Sorrentino propone una de las obras más contenidas y reflexivas de su carrera. Lejos de los excesos visuales que caracterizaron parte de su filmografía, el realizador construye aquí un relato íntimo centrado en la figura de un presidente italiano en retirada, interpretado por su colaborador habitual, Toni Servillo.
La historia sigue a De Santis, un mandatario que transita los últimos seis meses de su gestión mientras enfrenta decisiones políticas complejas —como una ley de eutanasia o la concesión de indultos— y, al mismo tiempo, lidia con un conflicto personal que lo persigue desde hace décadas: la infidelidad de su esposa, ocurrida 40 años atrás, cuyo misterio nunca fue resuelto.
Sobre esa tensión se articula una narrativa que alterna lo político con lo existencial. Sorrentino explora temas como el desgaste del poder, la relación con los hijos y la búsqueda de sentido en una etapa de cierre vital. La película también introduce elementos simbólicos y surrealistas —como un papa poco convencional o situaciones inesperadas— que funcionan como contrapunto a la sobriedad general del relato.
La interpretación de Servillo, premiada en el Festival de Venecia, es el eje central de la propuesta. Su personaje, apodado “Hormigón armado”, encarna a un hombre rígido, introspectivo y marcado por la incapacidad de resolver su pasado, lo que condiciona su presente y sus decisiones.
Con La grazia, Sorrentino logra equilibrar su estilo autoral con una narrativa más accesible, sin renunciar a su impronta estética. El resultado es una película que interpela desde la introspección y confirma una madurez expresiva que amplía su registro como cineasta.
