Chris Pratt enfrenta un juicio mortal en “Sin piedad”, el thriller donde una jueza de IA decide su destino

En la película “Mercy”, el actor interpreta a un policía acusado de asesinar a su esposa y sometido a un juicio extremo: atado durante 90 minutos, debe probar su inocencia ante un sistema judicial controlado por Inteligencia Artificial.

Chris Pratt vuelve al centro de la acción con “Sin piedad” (Mercy), un thriller futurista que combina suspenso, ciencia ficción y reflexión sobre el uso de la Inteligencia Artificial en la justicia. Dirigida por Timur Bekmambetov, la película propone una premisa tan inquietante como efectiva: un acusado tiene apenas 90 minutos para demostrar su inocencia antes de ser ejecutado.

Pratt interpreta a Chris Raven, un policía que despierta atado a una suerte de silla eléctrica, acusado de haber asesinado a su esposa. No hay jueces humanos ni jurado: en un futuro cercano, marcado por el aumento de la criminalidad en Los Ángeles, la Justicia fue delegada a una jueza creada por IA, interpretada por Rebecca Ferguson. El sistema promete eficiencia y reducción del delito, pero impone un método implacable: si el “porcentaje de culpabilidad” no baja a tiempo, la condena se ejecuta de inmediato.

Durante ese lapso, Raven puede acceder a cámaras de seguridad, revisar registros digitales y comunicarse con testigos por teléfono, todo bajo la presión de un reloj que avanza casi en tiempo real. El dato clave es que el propio protagonista fue uno de los impulsores del sistema judicial que ahora lo juzga, lo que agrega una capa ética y política al relato.

La película evita comparaciones directas con Minority Report, aunque dialoga con ese imaginario sobre justicia predictiva y tecnología fuera de control. Su mayor fortaleza es la tensión constante y el carisma de Pratt, acompañado por un sólido elenco secundario que incluye a Annabelle Wallis, Kylie Rogers, Kali Reis y Chris Sullivan.

El punto débil aparece cuando la trama se vuelve excesivamente enrevesada y deriva hacia una acción más convencional, diluyendo parte del debate inicial sobre la JusticIA. Aun así, Sin piedad resulta entretenida, dinámica y plantea una pregunta incómoda: ¿qué precio estamos dispuestos a pagar por una justicia rápida y “eficiente”?

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