“Moscas”, un retrato austero sobre vínculos forzados en tiempos de crisis

La nueva película de Fernando Eimbcke construye un drama íntimo donde la convivencia forzada entre desconocidos expone fragilidades económicas y afectivas sin recurrir al subrayado emocional.

En Moscas, Olga (Teresita Sánchez) vive en un departamento frente a un hospital y atraviesa una rutina marcada por la soledad hasta que decide alquilar una habitación a Tulio (Hugo Ramírez), un hombre urgido por la internación de su esposa y la presión económica que lo rodea. Lo que parece un acuerdo práctico rápidamente se transforma en un espacio de fricción y exposición mutua.

El equilibrio inicial se rompe cuando emerge la presencia de Cristian (Bastian Escobar), el hijo pequeño de Tulio, cuya existencia había sido ocultada dentro de la dinámica de supervivencia del padre. Su irrupción reordena las relaciones dentro del departamento y desplaza el eje del relato hacia una convivencia más compleja, donde la infancia funciona como catalizador emocional.

Eimbcke evita los climas excesivos y apuesta por una narración mínima, sostenida en observaciones cotidianas y en la interacción silenciosa entre los personajes. La puesta en blanco y negro refuerza esa decisión estética, alejando la película de cualquier naturalismo inmediato para acercarla a una lógica más abstracta y contemplativa.

El film no organiza su tensión en torno a grandes giros argumentales, sino en pequeñas variaciones del día a día: los silencios, los gestos de desconfianza, las rutinas compartidas a la fuerza. En ese marco, la enfermedad y la precariedad económica aparecen como telón de fondo constante, pero nunca como espectáculo.

Presentada en el Festival de Berlín, Moscas se inscribe en un cine latinoamericano de observación social contenida, donde el conflicto no estalla sino que se filtra lentamente en la convivencia.

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