Sierra Chica, 1996: ocho días de horror que marcaron la historia carcelaria argentina
El motín más brutal del país dejó asesinatos, canibalismo forzado y una jueza tomada como rehén, en una rebelión que expuso el colapso total del sistema penitenciario.

A 30 años del Motín de Sierra Chica, la reconstrucción de aquellos ocho días revela un escenario de violencia extrema dentro de una cárcel que dejó de estar bajo control estatal. La revuelta comenzó el 30 de marzo de 1996 en la unidad penitenciaria bonaerense, diseñada bajo el modelo panóptico de Jeremy Bentham, que en teoría permitía vigilancia total. En la práctica, ese esquema colapsó en cuestión de minutos.
El levantamiento fue liderado por Marcelo “Popó” Brandán Juárez, junto a la banda conocida como “Los 12 Apóstoles”, que tomó el control del penal tras reducir a los guardias. Lo que siguió fue una escalada de asesinatos, ajustes de cuentas internos y prácticas aberrantes, incluyendo el descuartizamiento de cuerpos y episodios de canibalismo forzado que quedaron grabados como uno de los capítulos más oscuros del sistema carcelario argentino.
Entre los detenidos se encontraba Carlos Eduardo Robledo Puch, cuya presencia durante el motín alimentó versiones cruzadas sobre su rol en medio del caos.
Uno de los momentos más críticos fue la toma como rehén de la jueza María de las Mercedes Malere, quien había ingresado al penal para intentar negociar. Permaneció cautiva bajo amenaza de muerte durante varios días, en un episodio que tensó al máximo la respuesta estatal. El entonces gobernador Eduardo Duhalde evaluó una intervención armada, incluso con helicópteros, pero finalmente descartó esa opción por el riesgo de una masacre mayor.
El motín no fue un estallido espontáneo, sino una progresión hacia un territorio sin ley, alimentado por disputas internas, consumo de alcohol y drogas caseras, y reclamos estructurales del sistema penitenciario, como la aplicación del “dos por uno” y la agilización de causas judiciales.
El juicio, realizado años después con un sistema inédito de seguimiento a distancia por razones de seguridad, terminó con múltiples condenas a prisión perpetua y penas menores para otros implicados.
Tres décadas después, Sierra Chica sigue siendo un caso paradigmático: no sólo por la brutalidad de los hechos, sino porque dejó al descubierto las fallas estructurales de un sistema que, en aquel momento, perdió completamente el control puertas adentro.
