“Los colores del tiempo” entre la Belle Époque y el presente: una película clásica que ya no se hace
“Los colores del tiempo” se presenta como una de esas películas que remiten a un tipo de cine cada vez menos frecuente: narrativas extensas, de múltiples capas temporales, con ambición literaria y una fuerte impronta de saga familiar. Dirigida por Cédric Klapisch, la historia articula pasado y presente con un nivel de sutileza que la acerca a obras donde el tiempo no es solo un recurso narrativo, sino el eje mismo de la construcción dramática.

La trama gira en torno a cuatro primos lejanos que descubren la existencia de una antigua casona familiar en Normandía, perteneciente a una antepasada del siglo XIX. Convocados para evaluar el estado de la propiedad ante la posible compra por parte de un supermercado, los personajes contemporáneos comienzan a desenterrar no solo objetos y documentos del pasado, sino también una historia familiar que los conecta con una vida completamente desconocida.
El relato se bifurca entre el presente y la Belle Époque, en una estructura que recuerda a Medianoche en París, aunque con un enfoque más coral y menos fantástico. En el pasado, la historia se centra en Adèle Vermillard, interpretada por Suzanne Lindon, quien abandona un amor en Normandía para viajar a París en busca de su madre. Allí entra en contacto con un mundo en plena transformación cultural, vinculado a los impresionistas y a figuras emblemáticas de fines del siglo XIX.
Uno de los recursos narrativos más llamativos es el uso del salto temporal mediante experiencias de carácter alucinógeno, que permiten a los personajes contemporáneos conectarse con el pasado de forma no convencional. Este mecanismo refuerza el carácter lúdico del relato, al tiempo que amplía la dimensión simbólica del vínculo familiar.
La película destaca por su capacidad para reconstruir una París vibrante, atravesada por artistas, fotógrafos y figuras históricas como Monet, Nadar o Sarah Bernhardt, integradas en una trama que combina ficción y referencias reales. En paralelo, el presente de los primos aporta una dimensión más cotidiana y emocional, con conflictos personales que dialogan indirectamente con la historia de sus antepasados.
En conjunto, “Los colores del tiempo” se sostiene como una propuesta equilibrada, de ritmo contenido y tono amable, que privilegia la observación de los vínculos humanos y la transmisión intergeneracional. Sin buscar el exceso ni la espectacularidad, el film encuentra su fuerza en la forma en que articula memoria, identidad y continuidad familiar a través del tiempo.
