“La noche del demonio” apuesta al suspenso para provocar miedo y evita depender del gore
La sexta entrega de la saga creada por James Wan construye sus mejores momentos a partir de la tensión y las situaciones inquietantes, aunque luego recurre a elementos sobrenaturales ya conocidos.
La nueva película de la saga “La noche del demonio” busca recuperar una de las herramientas más efectivas del cine de terror: el suspenso. En “La noche del demonio: Están entre nosotros”, la sexta entrega de la franquicia, el miedo aparece principalmente a partir de aquello que el espectador todavía no puede comprender, en lugar de apoyarse exclusivamente en escenas explícitas o imágenes macabras.

La historia comienza en 1999, cuando la pequeña Gemma vuelve de la escuela y entra en su casa. Allí encuentra un teléfono fijo descolgado y observa a una persona sentada junto a una mesa. Es su madre, que atraviesa una situación perturbadora. La tensión aumenta durante varios minutos hasta que la mujer le pide a Gemma que se aleje y luego se dirige al baño con un cuchillo, donde comienza a golpearse violentamente contra la pared.
La película evita explicar de inmediato qué está ocurriendo. Ese recurso permite construir una atmósfera inquietante y deja al público con preguntas que recién serán respondidas más adelante.
Veinte años después, Gemma, interpretada por Amelia Eve, continúa viviendo en la misma casa. Ahora tiene una hija, Maya, interpretada por Island Austin, y mantiene prácticamente ocultos los recuerdos relacionados con su madre. La niña comienza a quedar involucrada en una serie de acontecimientos extraños que vuelven a poner el pasado en el centro de la historia.
Entre los elementos que alteran la aparente normalidad aparecen tres ancianos que circulan por las inmediaciones de la casa y una serie de situaciones vinculadas con la profesión de Gemma, que trabaja como odontóloga. Incluso una escena desarrollada en su consultorio contribuye a construir el clima de incomodidad.
Los sueños y las posibles alucinaciones de Gemma ocupan un lugar importante durante la primera parte del relato. El director Jacob Chase consigue que situaciones aparentemente cotidianas, como un juego infantil dentro de un laberinto de almohadones, se transformen en momentos de tensión.
La película también recupera personajes y elementos de entregas anteriores. Entre ellos aparece Elise, interpretada por Lyn Shaye, la única figura presente en todas las películas de la saga. Aunque el personaje murió, vuelve a intervenir desde otra dimensión para intentar ayudar a Gemma a enfrentar la amenaza sobrenatural.
A medida que avanza la trama aparecen los acólitos del demonio, muertos que buscan regresar al mundo de los vivos y referencias a la llamada puerta roja, un elemento central de la quinta película.
El resultado es más efectivo cuando se mantiene cerca del suspenso y deja que el espectador imagine qué puede ocurrir. Cuando la historia comienza a explicar demasiado y se interna en terrenos conocidos del terror sobrenatural, pierde parte de la tensión inicial.
Aun así, la película consigue diferenciarse de muchas producciones del género al comprender que, para generar miedo, no siempre es necesario mostrar el horror: muchas veces alcanza con hacer esperar al espectador frente a aquello que todavía no puede ver.
