“Amarga Navidad”: Almodóvar regresa al español con una autometaficción sobre la creación y la traición

Lo nuevo del director manchego llega a los cines tras su paso por Cannes, con Leonardo Sbaraglia como alter ego del realizador.

Pedro Almodóvar vuelve al español. Después de su incursión anglófona con La habitación de al lado —protagonizada por Tilda Swinton y Julianne Moore—, el director manchego estrena Amarga Navidad, una comedia dramática de 111 minutos que se presenta como su trabajo más introspectivo y autorreferencial desde Dolor y gloria. El filme se puede ver en Hoyts Abasto, Palermo, Unicenter y Dot, y en Cinépolis Recoleta.

La película funciona como una muñeca rusa narrativa. En el nivel exterior, Raúl (Leonardo Sbaraglia) es un cineasta en crisis creativa que, para salir del bloqueo, se apropia de la historia de una compañera y amiga, Aitana Sánchez-Gijón. La historia que Raúl imagina es la que ocupa el otro plano del relato: Elsa (Bárbara Lennie) es una directora de cine de autor que ahora filma publicidades, rodeada de amigas que la están pasando peor que ella, y que encuentra el amor en un bombero y stripper interpretado por Patrick Criado. La trama se ambienta en 2004 y, por momentos, la superposición de niveles se vuelve deliberadamente confusa.

El paralelo con Dolor y gloria es explícito. Sbaraglia ocupa aquí el lugar que Antonio Banderas tuvo en aquella película: el del alter ego del propio Almodóvar, un cineasta que mira hacia adentro cuando se queda sin ideas y encuentra materia prima en quienes lo rodean. Los dolores de cabeza que padece Elsa, la protagonista, son los mismos que aquejan al director en la vida real. La autometaficción no es un recurso, es el tema central.

Almodóvar no abandona sus marcas de estilo. La paleta de colores despliega azules, rojos y amarillos de gran intensidad, y la composición de los encuadres mantiene la precisión de siempre. Uno de los momentos más logrados del filme es casi un cuadro estático: Elsa y Patricia (Victoria Luengo) sentadas juntas, en silencio, mientras escuchan La Llorona en la voz de Chavela Vargas. Sin diálogo, la emoción se instala sola.

El problema llega cuando la película parece abrirse hacia algo más oscuro —una tensión que recuerda al Almodóvar de La piel que habito— y el desenlace corta esa promesa de manera abrupta. El final abierto deja al espectador sin saber bien qué sentir: si frustración, angustia o simplemente la sensación de que la historia todavía no terminó. Reiterativa en sus obsesiones y hiper personal hasta el límite, Amarga Navidad es el autorretrato de un cineasta que sigue mirándose al espejo, aunque esta vez con resultado desigual.

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